Amables amigos… De entrada, debo decir que me da un gusto enorme que llegue septiembre, y no es porque sea el mes de la patria, sino porque el 21 de septiembre de 1933, se llevó a cabo en la Arena Modelo la primera función de lucha libre en México, la cual fue encabezada por un gladiador mexa como lo fue Yaqui Joe y el norteamericano Bobby Sampson.

Otra cosa que recibo con beneplácito, es que nuestra querida lucha libre o como dicen algunos, doña lucha, pasa por su enésimo segundo aire y lo está haciendo de la mano de empresas extranjeras como AEW (All Elite Wrestling), WWE (World Wrestling Entertainment) , ROH (Ring Of Honor),  MLW, New Japan Pro-Wrestling (NJPW), All Japan Pro Wrestling (AJPW), DDT Pro-Wrestling, Pro Wrestling y NOAH y Big Japan Pro Wrestling (BJW). Lo único que espero es que tanta globalización no vaya a terminar con la identidad que por 92 años le ha costado forjar a tantos luchadores que han desfilado por las arenas de toda la República Mexicana y más allá de nuestras fronteras, como versa la frase popular.

Aquí no voy a entrar en una discusión estéril si la lucha de antes o la de ahora es mejor, porque antigua o actual,  con todos sus aciertos y regadas, con la seriedad del CMLL, la extrovertida que era la Triple A, lo libre, pero poco promocionada la lucha independiente, nuestro arte de El Pancracio tiene su estilo propio, que ha marcado la diferencia entre Wrestling gringo, el puroresu japonés, el catch europeo y hasta el Pancraton griego.

Aquí cabe recordar que la lucha mexicana en sus inicios eran más golpes y castigos porque varios de sus elementos eran deportistas de alto rendimiento como gimnastas, boxeadores y algunos otros militares y atletas circenses.

La década de oro llegó en los cincuenta con la consolidación del Santo, Black Shadow, la aparición de Blue Demon, la llegada del Huracán Ramírez, Gori Guerrero, Rito Romero y todos comandados por el ídolo del momento, Carlos “Tarzán” López. Allí aparecieron nuestras sagradas máscaras, las primeras llaves y los primeros lances aéreos.

En los setentas y ochentas llegó la modernidad a nuestro país, con ellas las batallas más intensas y las nuevas tercias, más llaves, nuevos personajes como: Fuerza Guerrera,  Mil Máscaras, Blue Panther, Villanos, Brazos, El Perro Aguayo, Negro Casas, Ángel Blanco, Solitario, Gran Markus, Dr. Wagrner, Lizmark y unos novatos como Atlantis y El Hijo del Santo, etc. Además, lucha en el Toreo de Cuatro Caminos, Pista Arena Revolución, grandes rivalidades entre coliseínos y los elementos de la cueva de los independientes.

En los noventa apareció la Triple A, sus excentricidades y sus fraudes. La Empresa Mexicana de Lucha Libre se internacionalizó, por lo menos en el nombre, al cambiar al del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL).

En los dos mil llegaron las tijeras y más adelante no sólo lucha aérea, sino acrobática, la cual permanece hasta nuestros días. Hasta aquí todo anda muy bien con la el tema de la identidad.     

El problema que se ha dado en la última década es que la internacionalización, no sólo ha traído reconocimiento foráneo para nuestros luchadores, sino estos con el afán de ser contratados por empresas internacionales, no sólo se han olvidado de las llaves ni de la forma de realizar su quehacer luchístico, sino que lo han cambiado por sólo ser un personaje que divierte a la gente, pero porque trae un peluche en el brazo o porque se sacan pañuelos y calzones de su traje. Ya no tienen presencia luchística ni estampa de luchador, ahora ya priorizan una máscara que ya no se sabe que personaje es, y hasta han llegado al colmo de que en el ring se viva una telenovela barata de Televisa o TV Azteca, y no una trama deportiva para demostrar el verdadero espíritu de nuestra lucha, que es el de doblegar a su rival con conocimiento y sapiencia de llaves, lances, castigos, vuelos y acrobacias.

En mi cabeza todavía no cabe que alguien le diga a un luchador, déjate ganar esta noche, sal cuando yo te lo ordene o pierde tu cabellera para salvar el espectáculo. Yo sé que algunos dirán, le dan una lanota, estoy de acuerdo y es válido, sobre todo, porque hay luchadores que sólo tienen la lucha para vivir, pero, y la ética apá’.  

 Yo no estoy en desacuerdo en que hagan sus historias como en la WWE, pero deben hacerlas para que las entiendan los públicos en general y, sobre todo, en México, pero que todas terminen con una gran batalla y no regalando campeonatos, o terminando la historia perdedora de su papá, sino con una buena rendición en el centro del ring que deje satisfechos a expertos y villamelones de la lucha.

Sólo así seguiremos con nuestra identidad, pues ahora ya todos quieren parecerse a los gringos, quienes luchan cinco minutos y hablan veinte, esos que no hacen llaves, sólo golpean y fingen trancazos que sólo sus públicos se lo creen. A mí me gusta la lucha clásica, también aérea y acrobática, sí, la que haga lucir al luchador como un atleta antes que un actor, como un héroe de carne y hueso y no como un invento de ficción, pero, sobre todo, que siga distinguiéndose de los otros tipos de lucha, porque eso es lo que le ha dado el mote de la mejor lucha libre del mundo y no una mala copia de los gringos, japoneses o europeos.

¿Será que las empresas de lucha libre defenderán el estilo luchístico de llaves, lances y castigos, combinadas con espectáculo, o se convertirán en una copia barata de la WWE y AEW, respectivamente, donde no respetan ni la tradición de nuestra lucha ni el valor del misterio de las máscaras? Eso solo el tiempo lo dirá.

Ahora, me despido con la frase que me caracteriza, recuerden que la lucha no se crea ni se destruye, solo se transforma.

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